¿Te gusta leer? A nosotros nos apasiona. A veces, leer es un acto casi secreto: una cama, una lámpara encendida y un libro como refugio. Hoy, sin embargo, os queremos hablar de ese tipo de lectura que se ha vuelto social, compartida y, sorprendentemente, terapéutica. Los clubs de lectura viven una edad dorada. Y no solo como espacios para debatir libros, sino como lugares donde se comparten experiencias, emociones y, a veces, combatir una singular «enfermedad»: la soledad contemporánea. Es como si leyéramos para hablar, para conectar con otros.
En los clubs de lectura actuales ya no se trata solo de analizar si el final de La amiga estupenda de Elena Ferrante es brillante o devastador (spoiler: ambas cosas). Se trata de lo que ese libro despierta. De cómo una historia sobre amistad femenina, ambición y silencios incómodos acaba llevando a conversaciones sobre nuestras propias relaciones, frustraciones o decisiones vitales. No es terapia, pero se le parece.
Muchos lectores llegan a los clubs buscando recomendaciones y se quedan por algo más difícil de encontrar: escucha. En un mundo de mensajes de voz acelerados y likes automáticos, sentarse una vez al mes a hablar —de verdad— tiene algo casi revolucionario. Ah, y olvidemos esa imagen rígida de una reunión de gente seria con gafas: hoy los clubs de lectura se reúnen en cafeterías bonitas, librerías indie o incluso online, con gatos cruzando la pantalla y copas de vino en mano. Algunos leen todo, otros llegan a medias (o solo vieron la peli, ejem), pero nadie juzga. Lo importante no es terminar el libro, sino empezar la conversación.
Quizá los clubs de lectura no solucionen la soledad estructural de nuestro tiempo, pero sí ofrecen algo valioso: un espacio donde sentirse visto, escuchado y comprendido. Donde una novela se convierte en puente y una historia ajena ayuda a poner palabras a la propia. La literatura es la excusa; el verdadero centro es la comunidad que se crea alrededor. Nos viene a la cabeza un club mítico: El club de los poetas muertos que sigue funcionando como el recordatorio eterno de que la literatura puede salvar —o al menos acompañar— en momentos clave.
Porque a veces no se trata de leer más, sino de leer juntos. Y descubrir que, en esa página subrayada por otra persona, también estás tú.