Camino de caminos


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Camino de caminos


¿Quién no ha oído hablar del Camino de Santiago o no conoce a alguien que lo haya hecho? Tal vez tú que me estás leyendo has recorrido en algún momento de tu vida esta histórica vía que, en pleno siglo XXI sigue vigente como ruta de peregrinaje. A las motivaciones religiosas se han sumado las turísticas, sociales, deportivas, etc. etc. etc…  las más dispares y variopintas.  Según la socorrida Wikipedia, se denomina Camino de Santiago al conjunto de rutas de peregrinación cristiana de origen medieval que se dirigen a la tumba de Santiago el Mayor, situada en la catedral de Santiago de Compostela en La Coruña. De sus orígenes, la página web oficial del camino explica que, alrededor del año 820, se produce el hallazgo de dicha tumba e inmediatamente, la creación del lugar sagrado para venerar los restos.

Doce siglos después, esta peregrinación sigue teniendo un atractivo y un poder de convocatoria increíble, aunque con la actual pandemia ha recibido solo alrededor de un 15% del número habitual de visitantes. Lo cierto es que es comparable a Roma o Jerusalén. Comparte con estos lugares sagrados algo más que la cuestión religiosa, si bien en nuestros días se han ampliado las razones para recorrerlo. Pero sea en lo espiritual o sencillamente en lo personal el Camino es una auténtica vía del conocimiento.

Las posibilidades logísticas de realizar el trayecto son muchas. Desde escoger el tramo de camino que mejor se adapta a nuestra situación, a poder decidir si se sigue la ruta de albergues tradicionales o se prefiere disfrutar de establecimientos más cómodos, o si se quiere combinar una parte del camino a pie con otros medios de transporte como la bicicleta o el automóvil. Obviamente, la comodidad no aleja tanto al «peregrino» de las vivencias más características del camino: disfrutar del paisaje más agreste e incluso las inclemencias del tiempo o sus bondades, saludar a otros peregrinos con el clásico “¡Buen Camino!”, descubrir lugares insospechados, disfrutar de la comida, la artesanía, las gentes genuinamente hospitalarias… Pero ningún camino resulta más auténtico que otro porque cada uno responde a una circunstancia, a una necesidad o a un deseo.

Caminar por placer es ya en sí mismo un acto que compromete cuerpo y mente. La circulación y los músculos se activan, los ojos buscan el horizonte el punto donde desaparece el camino o se acercan a contemplar el musgo que cubre las piedras, y el pensamiento… el pensamiento tiene un doble recorrido: vagar libre estimulado por los encantos del camino y recorrer el camino interior: el de las sensaciones. Alegría y excitación, pero también soledad, reconcentración en uno mismo o de un prosaico e intenso dolor muscular. Son muchos los caminos que abre el Camino. Piensas en lo que te espera en la siguiente jornada, pero también en lo que acabas de vivir; meditas sobre el destino, pero también sobre el lugar del que has partido. Algo te dice que ya no volverás igual que te marchaste. Y los que han repetido se ponen de acuerdo en una cosa: el Camino siempre está, pero cada vez es distinto. Seguramente porque nosotros no somos los mismos, porque caminar nos transforma y nos redescubre.

Acabado el recorrido, el caminante que lo desea acudirá a la Oficina del Peregrino situada en la calle Carretas, a pocos pasos de la Catedral, en la que se le hace entrega de la Compostela, el documento que acredita su Camino en base a unos requisitos o un Certificado de Bienvenida. Algo más que un pedazo de papel: la satisfacción de culminar una meta. Cuando a las 12 horas de cada día, se celebra la misa del Peregrino en el altar mayor de la Catedral de Santiago, se celebra algo más que un acto religioso. Se celebra un reencuentro con el mundo y consigo mismo