
Hubo un tiempo en que traducir era un arte silencioso. Un oficio de mesa, lámpara cálida y diccionario abierto. Hoy, en cambio, traducir sucede en la pantalla de un móvil, en un clic, en un mensaje de WhatsApp que atraviesa continentes con la misma facilidad con la que se envía un emoji. La traducción nunca había sido tan necesaria… ni tan discutida.
La globalización no solo trajo vuelos baratos y series coreanas: trajo conversación constante entre culturas. Internet nos hizo vecinos de personas que viven a miles de kilómetros. Hoy consumimos memes en inglés, recetas en francés, hilos en japonés, noticias en árabe. Y queremos entenderlo ya.
En este escenario, la traducción dejó de ser algo reservado para editoriales o diplomáticos. Se volvió cotidiana. Pero como toda comodidad, tiene un precio: la ilusión de que traducir es simplemente cambiar palabras.
Las aplicaciones para traducir funcionan. Y funcionan cada vez mejor. Son rápidas, prácticas, y a veces sorprendentemente precisas. Pero hay una trampa en esa eficacia: hacen creer que traducir es una operación mecánica, casi matemática.
La realidad es que traducir es interpretar. Sí, señoras y señores, la traducción o tiene alma o no es traducción. Porque si no ¿cómo saber cuándo una frase es literal y cuándo es sarcasmo? ¿Cómo entender el doble sentido, la intención, la música interna del idioma? Estamos hablando del arte de captar el peso cultural de una palabra y decidir si debe mantenerse exótica o volverse familiar. Es, en cierto modo, actuar como embajador invisible entre dos mundos.
La inteligencia artificial puede traducir “te extraño”. Pero todavía no sabe lo que significa extrañar en ciertos contextos: cuando es deseo, cuando es nostalgia, cuando es una despedida disfrazada.
Y si hay un lugar donde la traducción sigue siendo alta costura ese lugar es la literatura. En esa operación serán indispensables los traductores y traductoras literarios. Ellos son como el fantasma elegante detrás del éxito internacional de muchos autores. En una próxima entrega quisiéramos hablar del papel de los traductores profesionales (y de los intérpretes) en todo esto y si este antiguo oficio está destinado a desaparecer o se hará más necesario que nunca para preservar la esencia de los idiomas.
Ahora solo queda traducir nuestro deseo de que disfrutéis de la primavera en una frase universal de Alejandro Jodorowsky: «Cuando se abre una flor es primavera en todo el mundo».