
Vivimos una paradoja fascinante.
Nunca habíamos tenido tantas herramientas para entendernos, y aun así el mundo sigue discutiendo como si no se escuchara. Porque lo cierto es que no se escucha. Traducimos más que nunca, pero nos entendemos menos que nunca. Presumimos de una comunicación global, aunque no siempre hay una comprensión global. La Torre de Babel moderna no está hecha de piedra, sino de pantallas. Es infinita, brillante, hiperconectada… y aun así frágil y, quizás, sorda. Porque traducir no basta, las palabras por sí solas no bastan. Hace falta contexto, empatía, cultura. En una palabra, interpretar el alma del texto.
El traductor no es solo traductor entendido como alguien que conoce el significado de una palabra en otro idioma. Es editor lingüístico, curador cultural, asesor de tono, experto en matices, detective de errores invisibles, arqueólogo del lenguaje. En un futuro cada vez más presente es alguien que sabe/sabrá trabajar con la IA sin perder la esencia del oficio: ayudarse con esta herramienta y seguir haciendo que un texto respire con naturalidad en otro idioma. ¿La traducción automática viene a ser un “aquí te pillo, aquí te mato”? Es posible. Útil para situaciones de fácil resolución, de textos redactados por quienes ya saben de qué va el tema, no para ignorantes del contenido que se quiere traducir y tienen, al menos, una cierta idea de los conceptos involucrados en el idioma de llegada. Porque la IA comete errores, que asume con tranquilidad, y que pueden ser de bulto.
La traducción es como la alta costura: delicada, de calidad, que requiere de un tiempo precioso y dedicación exquisita para conseguir un resultado. Puede no ser para todo el mundo, pero es y seguirá siendo necesaria: libros, discursos, arte, contratos delicados, identidades culturales. Es un oficio en el que la paciencia, las ganas de ampliar conocimientos, de buscar el matiz adecuado para un sentimiento escrito son imprescindibles. Y en ese contexto incluimos también a los intérpretes, compañeros de carrera de quienes traducen textos, esas personas maravillosas que acompañan a quienes necesitan entender lo que sus interlocutores les cuentan, ya sea en una clínica extranjera o en un congreso y que, en ocasiones, facilitan el entendimiento más allá de la palabra en un encuentro internacional.
A pesar de todo, hay que decirlo: las aplicaciones de traducción son una revolución positiva; en especial, para viajar son un salvavidas. En este sentido, se han derribado muros que antes parecían imposibles. Hoy una persona puede emprender desde un pueblo pequeño y vender servicios en otros países sin dominar el idioma. La traducción automática para textos comerciales no solo traduce palabras: traduce oportunidades.
La traducción vive un momento de vértigo. Como la moda, el periodismo, el arte. Sin embargo, no parece que esté desapareciendo solo que ahora tiene WiFi. Y aunque la inteligencia artificial prometa un futuro sin barreras lingüísticas, siempre habrá algo imposible de traducir: la emoción, la ironía, la belleza secreta de una frase con intención.
Y ahí, en ese espacio donde la máquina no alcanza, seguirá existiendo la persona que, de manera invisible, elegante e imprescindible, pone el corazón en cada palabra para ser fiel a aquello que se quiere expresar en el idioma original.
Feliz mes de abril a tod@s y hasta pronto.