Silencio: un bien escaso

Imaginemos que hoy nos proponemos no hablar. No responder mensajes. No opinar. No explicar. No mandar audios de tres minutos diciendo “perdón por el rollo”. ¿Os suena radical o tentador? Hoy hablaremos de los retiros de silencio que han dejado de ser un territorio exclusivo de monjes tibetanos o personajes de película existencial. La pregunta flota en el aire: ¿estamos ante una experiencia espiritual, una necesidad contemporánea o simplemente una nueva moda/negocio wellness?

Vivimos en la era de las notificaciones, audios a velocidad 1.5, reuniones, reels a todas horas, debates en la TV y opiniones de todo el mundo. No es casual que cada vez más personas (agotadas profesionalmente, con la creatividad bloqueada, sobrepasadas por las circunstancias) sientan la necesidad de apagar el mundo por unos días. No para huir, sino para descansar de la sobreinformación y del mandato invisible de tener siempre algo que decir. El silencio, en este contexto, deja de ser vacío para convertirse en un bien escaso. Y cuando algo escasea, se vuelve valioso.

Callar voluntariamente podría ser un acto revolucionario (y terapéutico). En los retiros de silencio no hay small talk, ni ¿a qué te dedicas?, ni hay que llenar silencios incómodos, porque precisamente el silencio es el protagonista. Y eso, al principio, hasta puede resultar inquietante. El cine lo ha explorado bien. En Comer, rezar, amar, Julia Roberts descubre que el silencio no es ausencia, sino espacio. En Into the Wild, el aislamiento revela tanto belleza como vértigo. Incluso Lost in Translation nos recuerda lo profundo que, a veces, es lo que no se dice. No necesariamente para encontrar respuestas místicas, sino para escucharse sin interferencias.

Para algunos, el retiro de silencio será una experiencia espiritual vinculada a la meditación, la contemplación o la oración. Para otros, una herramienta de salud mental: bajar el ritmo, regular el sistema nervioso, darle un descanso a la mente hiperestimulada. También hay algo de tendencia social. El silencio se ha vuelto el nuevo lujo. Así como antes se viajaba para “ver cosas”, ahora viajamos para «no escuchar nada». Eso no lo invalida: muchas modas nacen de necesidades reales.

Quizás el mayor aprendizaje en los retiros no ocurre durante esos días sin palabras, sino después. Cuando volvemos al mundo y descubrimos que no todo necesita ser comentado. Que no toda pausa es incómoda. Que escuchar -de verdad- es más raro y valioso que hablar.

Y tal vez, solo tal vez, una forma de resistencia amable.

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