
Cada verano el mismo ritual. Aeropuertos abarrotados, playas convertidas en escenarios
de fotografías idénticas, listas de sitios «imprescindibles» y una carrera silenciosa por
demostrar que se ha estado más lejos, subido más alto o conocido un lugar más exótico
que el resto. Viajar se ha convertido, en muchos casos, en una colección de sellos para el
pasaporte digital de las redes sociales. Pero existe otro viaje mucho menos fotografiable y,
probablemente, mucho más transformador: el que conduce hacia el interior de uno mismo.
¿Habrá personas que han recorrido medio planeta sin haberse encontrado jamás? Pues en
close creemos que, sin salir apenas de casa, se pueden descubrir continentes enteros en
los pasillos interiores de cada uno. Porque los mapas tradicionales muestran montañas,
desiertos, océanos y ciudades. El mapa del alma, sin embargo, es infinitamente más
complejo. Contiene territorios inexplorados llamados miedo, deseo, infancia, heridas,
esperanza o resiliencia. Lugares que evitamos visitar porque requieren una valentía distinta
a la de coger un avión. Hace falta silencio para recorrerlos. Hace falta tiempo. Hace falta la
disposición de mirar donde normalmente apartamos la vista.
Algunas historias del cine hablan precisamente de este tipo de travesías. En Into the Wild
(Sean Penn) el protagonista cruza Alaska convencido de que busca libertad, cuando en
realidad está intentando comprender quién es. En Eat Pray Love, basada en las memorias
de Elizabeth Gilbert, el viaje por Italia, India y Bali es apenas la superficie de una búsqueda
mucho más profunda: reconstruir una identidad rota.
Quizá el turismo moderno haya confundido lo que es el verdadero movimiento. Cambiar de
paisaje no garantiza cambiar de perspectiva. Es posible contemplar el amanecer desde
una playa paradisíaca mientras seguimos cargando exactamente con las mismas
preocupaciones que teníamos antes de despegar. El equipaje emocional siempre factura
con nosotros. El viaje interior propone otro itinerario. Vendría a ser un preguntarse qué
sueños quedaron olvidados, qué decisiones seguimos posponiendo, qué partes de nuestra
personalidad permanecen ocultas por miedo al juicio ajeno. Es descubrir talentos
desconocidos, reconciliarse con errores pasados y aprender que nuestras cicatrices
también forman parte del paisaje.
Paradójicamente, quienes realizan este viaje suelen regresar con el mejor de los souvenirs:
una versión sorprendente de sí mismos. Descubren que la autoestima no depende de los
«me gusta», que el éxito no siempre coincide con las expectativas ajenas y que la felicidad
no es un destino lejano. Está mucho más cerca. A menudo espera pacientemente detrás
de una conversación pendiente con una misma. No es necesario que sea este verano
(naturalmente viajamos o no cuando nos lo permite el ritmo de vida, las ganas o ambas
cosas), pero alguna vez puede ser interesante explorar ese territorio que no aparece en
Google Maps: el propio corazón. Los paisajes espectaculares están en Islandia, Japón o la
Toscana. Pero algunos permanecen dentro de nosotros… intactos.
Y en otro ratito, si nos lo permitís, hablaremos de un destino estupendo: el pueblo o la
ciudad de nuestros antepasados. ¡Feliz verano!