No nos gusta ser tan contundentes a close, pero hoy nos la jugamos con esta afirmación: jugar no es perder el tiempo! Eso sí: fair play, siempre.
Desde muy pequeños, jugar es una de las maneras naturales que tenemos de explorar el mundo. Jugamos para descubrir, para probar, para imaginar, para relacionarnos … y también, no nos engañamos, porque nos lo pasamos bien.
Una partida, un juego simbólico, un deporte, un juego de cartas… pueden parecer mundos muy diferentes, pero tienen algo en común: mientras jugamos, pasan cosas. Y a menudo, aprendemos sin darnos cuenta.
Cuando un niño construye una torre, que probablemente caerá en menos de treinta segundos :), inventa una historia, juega a médicos u organiza una persecución por el comedor, está desarrollando un montón de habilidades: lenguaje, imaginación, coordinación, planificación, resolución de problemas y regulación emocional.
Y además existe aquella asignatura que no aparece a ningún boletín de notas, pero que nos acompaña toda la vida: aprender a convivir. Porque jugar con otros niños es descubrir que el mundo no gira exactamente alrededor de un mismo. Que toca esperar. Compartir. Negociar. Respetar las normas. Aceptar que quizás hoy no te toca ser quién gana. Y, sobre todo, descubrir que perder una partida no es ninguna tragedia nacional. El juego es, en este sentido, un pequeño laboratorio social. Un lugar seguro donde aprendemos a cooperar, competir, gestionar la frustración, ponernos en el lugar del otro… y volverlo a intentar.
Si hablamos de juego, no podemos olvidar el juego simbólico. Cuando un niño o una niña juega a ser médico, astronauta, maestro, cocinero o cualquier otra cosa que se le pase por a cabeza, está probando roles, reproduciendo situaciones que observa e imaginando otras maneras de hacer las cosas. Y, en este sentido, ¿qué importante es jugar a las familias, verdad? Quizás es la ocasión en que los adultos podemos descubrir cómo nos ven nuestros hijos…
Pero el juego no se acaba cuando dejamos de ser pequeños. Continuamos jugando toda la vida. Solo cambia el terreno de juego: jugamos a cartas, a juegos de mesa, hacemos deporte, montamos puzles, participamos en concursos, escapadas con amigos o nos enganchamos al juego de moda. En las últimas décadas ha aparecido con mucha fuerza una nueva modalidad: los videojuegos. Una partida en solitario o en línea puede significar imaginar estrategias, coordinar acciones, comunicarse, tomar decisiones, o ayudar un compañero. Pero esto no quiere decir que una pantalla sustituya una tarde en el parque, una partida de cartas con la abuela o una guerra de almohadas en el comedor. Hay que encontrar el equilibrio, como pasa con cualquier actividad, el cómo, el cuándo y el cuánto también cuentan.
Porque jugar es mucho más que entretenerse. Es imaginar, probar, equivocarse, reír, frustrarse, volver y compartir. Y que mientras pensamos que solo estamos jugando, estamos aprendiendo a vivir.
¿Os parece que, en otra ocasión, hablemos de la cara menos amable del juego? Hoy quedémonos con la buena.
Y como que el verano ya ha hecho game over, disfrutamos de nuestro juego de rol casi mítico: volver de vacaciones como quienes vuelven al cole. ¡Feliz retorno! Y que empiece la partida.